Yo te he querido ayudar pero tú no me lo permites y además necesito tu ayuda

El primer hermano también dice: “yo te he querido ayudar pero tú no me lo permites  y además necesito tu ayuda”. ¿Qué hace, el segundo hermano?: ¿Duda de las intenciones de su hermano y le causa mayor desconfianza, o simplemente no las entiende del todo, pero percibe la sinceridad y a la vez la necesidad de su hermano?. ¿Cuál será el sentir de ambos hermanos, cómo entenderlo y principalmente cómo actuar? ¿Que contribución nos pueda dar nuestra Iglesia?

 

Donación, libertad, amor

Al intentar entender la realidad del don de sí (mismo), encontramos un primer dato inevitable: aparte de cualquiera otra cosa que ello pueda ser, se trata sin duda de un acto de autodeterminación. Es el sujeto mismo quien se entrega. Sólo él puede efectuar la entrega de sí. Su determinación es, por lo tanto, más que nunca, autodeterminación.

En primer lugarsolamente un sujeto libre, que se tiene a sí mismo en la conciencia de sí y que tiene por ello voluntad, es capaz del don de sí. Además, no se trata de una libertad a secas, libertad entendida como libre albedrío, mera capacidad de escoger y decidir, fundada en la naturaleza racional, sino de la autodeterminación responsable del hombre maduro, que se ha hecho cargo de la pregunta por el bien verdadero, que ha entrado ya en la dimensión del don. Como lo dijera Juan Pablo II en su primera Encíclica, «humanidad madura significa pleno uso del don de la libertad que hemos obtenido del Creador, en el momento en que El ha llamado a la existencia al hombre hecho a su imagen y semejanza». Y, un poco más abajo: «Cristo nos enseña que el mejor uso de la libertad es la caridad que se realiza en la donación y el servicio. Para tal ‘libertad nos ha liberado Cristo’ (Gal 5, 1; 13) Y nos libera siempre»

 

Autodeterminación extrema de la persona, el don de sí sólo se comprende -en segundo lugar- como acto de amor. Es el amor lo que en definitiva puede mover a la libertad: quiero porque amo. Sobre todo, lo que se cumple en la entrega es precisamente una donación, un don gratuito, la efusión de la persona, que se vierte -digamos así- en el otro para el otro. Para que el otro alcance lo que solamente mediante este don puede tener: en sentido radical, el ser amado. Y, con ello, el pleno valor de su existir.

 

En tercer lugar, la estructura misma del don como realidad exige un destinatario personal, alguien a quien pueda hacerse el don. Es decir, de la misma manera que el don como acto, como donación, exige un sujeto personal, capaz -en sentido estricto- de tener y de dar, sobre todo, de ser dueño de sí y de darse en la efusión de amor; asimismo requiere de un sujeto personal que lo reciba, esto es, que sea capaz de recibirlo y que de hecho lo acepte, que quiera recibirlo. El don de sí, pues, ha de ser acogido como un presente por alguien, por un sujeto capaz de la comunicación personal.

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