¿A quién tengo que amar?

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Se acercó y vendo sus heridas

Ante la pregunta del doctor de la ley -más propia de un examinador, que de uno que humildemente busca a Cristo-, responde Jesús dando un paso de la teoría a la “práctica”.

No es lo importante tanto el conocer como el realizar.  Sólo hay una ley importante: el amor. Cristo nos libera del peso agobiante de las leyes, las normas y los ritos. Una sola obligación: amar. Lo más gratificante, pero también lo más crucificante.

Ahora bien, ¿a quién tengo que amar? Al herido. Es un hombre, sin apellidos, sin pertenencia religiosa o política; y esto basta. Lo único que importa es que nos necesita. Acercarse a una persona herida y vendar sus heridas no es agradable a los sentidos. Las heridas expiden un olor, el hombre podría quejarse y hasta gritar del dolor. Cargarlo implicará un esfuerzo, y pagar por sus cuidados tendrá un costo.
Acercarse a un herido y vendar sus heridas conlleva esfuerzo y sacrificio. Pero en esto consiste nuestra tarea: ayudar a cargar con el peso del otro por amor. Porque donde hay sacrificio hay amor.
La cruz no es agradable, pero si santa.

“Vete y haz tú lo mismo”. Jesús sabe que el nos dará una ocasión para vivirlo.
Quien ama a Dios se volcará sobre el herido, como el samaritano. Quien ama de verdad al prójimo, encuentra a Dios. Dios no está lejos, está ahí, en el otro, en ti

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